Los representantes de las distintas facultades a viajan a Salamanca por tercer año consecutivo para fijar objetivos comunes y crear comunidad

Cecilia Solana
Co-delegada de 2ºA de Periodismo

Los representantes de las distintas facultades de la UFV viajan a Salamanca por tercer año consecutivo para fijar objetivos comunes y crear comunidad.

(Piiiii Pii Pi Pi Pi Pi Pi Pi) Seis de la mañana. Suena la alarma. Es sábado, pero la misma hora de siempre. Esto no significa que sea un día como los demás. A las ocho les espera un autobús listo para emprender un viaje que cambiaría perspectivas.

Puntualmente van llegando los afortunados. No se conocen entre ellos. Se saludan educadamente, pero mantienen las distancias. Lo que no saben es que acabarán compartiendo miles de recuerdos.

Una vez ocupados sus respectivos asientos dieron el primer paso hacia el cambio. Un chico, con mucho desparpajo, tomó el micrófono y aclarándose la voz dijo: “Hola, soy Juan. Representante de Publicidad y os propongo una dinámica”. Esa sería la frase que definiría al querido Juan. Dicha dinámica consistía en presentar al compañero de al lado, que por supuesto, era totalmente desconocido. La curiosidad fue creciendo por momentos, el ambiente convirtiéndose cada vez en más familiar y, una vez presentados todos, se oía un gran murmullo. Unos hablando con otros como si ya se conociesen,
frente al silencio casi sepulcral que había reinado al principio.

Las dos horas de viaje habían pasado como si de un suspiro se tratase. El cielo estaba un poco gris y la lluvia caía en sus cabezas. Pero Salamanca, la ciudad que les acogería durante casi dos días, debió notar su presencia y amainó.

A prisa entraron en lo que llamarían casa poco más tarde. Un increíble Colegio Mayor Fonseca que les acogería entre sus pilares y les protegería del frío de la calle. Allí tuvo lugar la primera charla, cuyo fin era que comprendiesen lo que
allí iba a acontecer; además de explicar el porqué de la Universidad que ellos representaban. Javier Gómez fue el encargado de tomar la “voz cantante” y en tres puntos concisos resumió a la perfección la misión, visión y valores de la UFV.

Francisco de Vitoria es el hombre que da nombre a dicha Universidad, pero no es su fundador. Muchos lo confunden e incluso lo desconocen. Así es que este era el primer punto a aclarar. Este dominico del s. XV, fue un catedrático de la Universidad de Salamanca – razón por la cual habían viajado a esta ciudad – en la que impartió clases de derecho y economía social. Un hombre comprometido, y muy adelantado para su época, que introdujo en una sociedad cerrada la idea de igualdad. Además, sus ponencias no giraban en torno a un temario estricto, sino que el centro de su labor eran
sus alumnos.

Así es que la Universidad Francisco de Vitoria recoge el ejemplo de este sacerdote y convierte en el centro de toda su actividad formativa a sus alumnos. Con su crecimiento, la figura del delegado es cada vez más importante, pero no indispensable. El delegado es un alumno, igual que el resto de sus compañeros, capaz de elevar la voz e intereses de su clase para que la convivencia en el aula y en el campus fuese lo más satisfactoria posible. Pero el número de delegados cada vez era mayor, al igual que los alumnos, y surgió la necesidad de entre todos ellos nombrar representantes por grados y una asamblea con los vocales de cada facultad. Esos representantes eran los que en Salamanca se reunían.

Las horas pasaban. La confianza brotaba incansable de cada uno de ellos como si de una fuente se tratase. Previamente se habían presentado todos y, sin apenas conocerse, se definieron uno por uno entre todos con una simple palabra – o eso intentaron. “Gran corazón”, “comprometido”, “sociable”, “dulce”, “gracioso” … Adjetivos que en muchas ocasiones ni los más cercanos dirían sobre uno.

Más dinámicas se dieron: la presentación de nuevas formas de comunicación entre los miembros del consejo y delegados, además de posibles métodos complementarios a las clases. Ambas tuvieron una gran acogida.

La tarde terminaba con todos exhaustos. Un grupo reducido se dirigió a la Iglesia de San Marcos. Para su sorpresa las lecturas que allí se leyeron reflejaban perfectamente los pilares que durante el día habían ensalzado. Y fortificados, salieron al encuentro del resto de compañeros.

El Leonardo les esperaba. Allí, empapados por la lluvia, cenaron y hablaron largo y tendido. Muchos fueron los temas que se trataron y muchos los intentos de arreglar el mundo por parte de los que más tarde se dejarían llevar por el ritmo latino del Murphy’s.

El sueño llamaba a la puerta de algunos, tomando estos la sabia idea de irse a dormir. La resistencia se quedó hasta el cierre – obviamente acompañada de buena música, alguna que otra cerveza, aunque otros sobrevivían a base de agua, y de grandes personas. Canciones cantadas a grito pelado, movimientos frenéticos y clases de baile es lo que se dieron en el interior de ese antro, que a las cinco y algo de la mañana les invitó a salir.

(Piiiii Pii Pi Pi Pi Pi Pi Pi) De nuevo el sonido de la alarma. Las siete y media de la mañana. A las ocho debían estar desayunando y de nuevo su deber como delegados les llamó. El cansancio era real. Se palpaba en el ambiente, pero casi todos estaban allí. Las anécdotas comenzaron a salir y las risas invadieron la sala.

Como no podía ser de otra forma, comenzaron la mañana con una dinámica. Pusieron en común los valores e ideas del día anterior, reunidos por facultades, para más tarde trasladarlas al conjunto de los presentes. Aprobaron los objetivos del curso, y aunque quedaron cosas por hacer, se lanzaron a las calles sal mantinas para conocer de día la ciudad que habían disfrutado de noche.

Caminaron bastante, según algunos. Se hicieron fotos memorables y buscaron con mucho empeño la diminuta rana de la fachada de la Universidad de Salamanca con la esperanza de aprobar sin problemas el curso. Acto seguido se dirigieron a la Casa de las Conchas, donde las risas y las bromas seguían su curso.

La hora de marchar se aproximaba, pero antes de dar por terminado el viaje, debían hacer un repaso a todo lo vivido en esas escasas horas. A los pies del hombre que da nombre a la Universidad que representan, no tardaron en brotar múltiples comentarios y propuestas para futuras convivencias. Pero entre tantos comentarios positivos, destacó el de uno de los grandes sabios del grupo. Se hacía llamar Sark, aunque su nombre es Javi. Él no solo se centró en todo lo bueno vivido, sino que les recordó que la Tierra existe y que, aunque muchos de los objetivos planteados se habían alcanzado,
otros muchos no. Que no debían olvidarlo y, sobre todo, mejorar. Porque todavía tenían muchísimo margen.

Después de una agradable comida todos juntos, el momento llegó. El autobús debía emprender su viaje de vuelta, pero con unos jóvenes muy distintos a los que hacía poco más de 24 horas se habían montado en él. Jóvenes felices a más no poder. Jóvenes que, a pesar de no haber logrado realizar todas las dinámicas propuestas, habían conseguido el objetivo principal: crear COMUNIDAD.

 

 

 

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